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REVOLUCION DE LOS ICONOCLASTAS
El
arte de lidiar toros o la forma de torear
sigue el hilo que
tejieron los toreros heterodoxos. Aquellos
que supieron salirse
de "la norma", aún a costa de
sufrir el acoso de quienes
se aferraban a "lo establecido",
abrieron puertas de salida
a un arte que, sin ellos, no habría evolucionado.
Sin ellos, el toreo
habría desaparecido pues evolucionar es
el arte de la subsistencia.
Desde
que el toreo se profesionaliza comienzan
a formarse núcleos de
escuelas, casi siempre alrededor de los
mataderos municipales. De
allí surgen los toreros en los siglos
XVII y XVIII y de entre esos, algunos
osaron salirse del cánon, Uno de ellos
fue Curro Cúchares, que
partió de la norma para salir de ella,
mientras que su competidor, El
Chiclanero, recitaba la cartilla. Cúchares
enseña a todos el engaño, le
muleta y comienza a dar pases primitivamente,
dejando de ser la esclava de
la espada. La cítica de entonces le atacó,
pero el toreo pasó a denominarse
como "El arte de Cúchares"
Era Curro Cúchares un torero
tachado de "trucador" por dar
pases de muleta en
un tiempo en el que, tras el tercio de
varas y el de banderilla, se entraba
a matar. Pero hubo otros
toreros que avanzaron la lidia a costa
de ser tachados de
"ratoniles". Al lado de ellos
siempre vivió el diestro que seguía en
cánon establecido.
Por ejemplo, frente a Frascuelo, Lagartijo
(elegante, distinto) y
frente a El Espartero, Guerrita. Antes
de Guerrita, había apuntado nuevos
aires y formas Montes,
pero es Rafael Guerra Bejarano, perfilándose
para lancear y ganar
pasos para ligarlos, quien avanza en el
toreo. La norma fallece (Espartero)
y gana Guerrita, quien
llegó a decir que, después de él, "nadie"
y luego... Fuentes.
Quería
decir con ello que sus coetáneos no habían
entendido el nuevo toreo. Para
cambiar el toreo se necesita un nuevo
toro que supere su forma de aplomarse
tras el tercio de
varas. Surgen nuevos ganaderos y el toro
comienza a moverse para permitir una
lidia de muleta, aún breve,
pero más vistosa. En este sentido Vistahermosa
gana la partida a Veragua mientras que
al resto de ganaderos con procedencias
aún más añejas, se les para el reloj y
se les pasa el tiempo.
Por
Carlos Ruiz-Villasuso
LA
EDAD DE ORO Antonio
Reverte, Rafael Gómez El Gallo y otros
toreros que vivieron entre finales del
siglo XIX y principios del XX, aportaron
algo que también se salía de la norma
(la personalidad, el genio) pero la pareja
que cambia el toreo es la formada por
Gallito (José Gómez, conocido como Joselito
y El Gallo) y Juan Belmonte. Es Juan un
torero que niego la físico y que, lejos
de las escolásticas, comienza a torear
más sobre los brazos que sobre las piernas
a riesgo de continuos tropiezos de los
toros.
Gallito
es más largo, inteligente, poderoso, pero
bebe en la fuente que le aporta Belmonte.
Gallito lee el futuro de la fiesta, manda
en el toreo y entra en las ganaderías
para buscar el toro que permita una lidia
más duradera, distinta. Es de los pocos
que no tachan de loco a Belmonte. En esta
ocasión el torero cartesiano (Gallito)
se fija en el iconoclasta (Belmonte).
Juan apunta y Joselito cambia el campo
y auspicia incluso la construcción de
grandes cosos (Monumentales) para el futuro
del espectáculo.
Belmonte
apunta el temple y Gallito el toreo ligado,
las dos claves de la tauromaquia actual.
Chicuelo, con su faena a un toro de Graciliano
en Madrid refrenda estas aportaciones.
A los tres los lapidan, uno muere (Gallito)
y el toreo queda al pairo con la retirada
de Belmonte. Es la época de transición,
los años veinte, cuando los diestros intentan
torear como Belmonte con un toro aún no
templado. Y será el peto (año 1927) el
que dé la clave para avanzar aún más en
este hilo del toreo.
Del
período de posguerra rescatamos a Manuel
Rodríguez Manolete como innovador, ligando
pases continuados, colocándose en sitios
distintos y terrenos distintos, con cites
distintos... Manolete, un iconoclasta,
llega a crear norma y es imitado por muchos
que no son capaces de avanzar en la evolución.
Con
distintas personalidades y con un toro
bravo en el campo, distinto, fijo en los
engaños, se perfecciona el arte del toreo,
se suman personalidades de diestros distintos
y El Cordobés llega a romper la norma
desde su poderío y su personalidad arrebatadora.
Es un heterodoxo: contraviene a la norma
y revoluciona despachos y empresas.
La
lidia avanza en los años sesenta y setenta
con diestros de extraordinaria calidad
y capacidad. Sucede entonces una ruptura
en el hilo del toreo porque, hasta el
momento, tipo y bravura del toro y formas
de torear habían evolucionado de forma
acorde, acompasada. Un agente externo
obliga a cambiar al toro: los kilos. Y
cambian el toreo, pero hacia atrás. Es
la involución. Por primera vez el toro
se separa del toreo, se uniformiza, se
agiganta sin que haya una forma nueva
de torear para sus nuevas características
de volumen y romana. El toreo se ceñía
y con el espacio del nuevo volumen, se
abre en los embroques. El toreo era movilidad
y pasa a ser de cercanías.
Restada
parte de la casta con la moneda de cambio
de la romana, aparecen diestros largos
y poderosos y otros genios (Ojeda) que
duran poco. Desde Dámaso a Enrique Ponce,
pasando por Espartaco, todos son toreros
capaces de adaptarse a su tiempo, un tiempo
de donde involución y evolución luchan
por la hegemonía en dos líneas marcadas,
la gallista y la belmontista. José Tomás
ha venido a certificar una nueva actitud,
pero, en toda evolución, ha existido otro
torero grande que complemente, no que
excluya. A la evolución de hoy le hace
falta dos toreros como Belmonte y Gallito,
capaces de complementarse, de aprender
el uno del otro sin la actitud cainita
de excluirse.
Por
Carlos Ruiz-Villasuso
Fuente:
extraída de www.mundotoros.com
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